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24 de julio de 2007

[Video] Antes del '59

Viví en el monstruo y le conozco las entrañas; y mi honda es la de David.

José Martí


El 28 de abril de 1823 John Quincy Adams, que dos años más tarde se convertiría en presidente de los Estados Unidos, le dio estas instrucciones a su embajador en España: «Cuba y Puerto Rico, por su posición local, son apéndices naturales del continente norteamericano y una de ellas, la isla de Cuba, casi a la vista de nuestras costas, ha venido a ser por multitud de razones de trascendental importancia para los intereses políticos y comerciales de nuestra Unión. Cuando se echa una mirada hacia el curso que tomarán probablemente los acontecimientos en los próximos cincuenta años, casi es imposible resistir la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra república federal será indispensable para la continuación de la Unión y el mantenimiento de su integridad.» Con aquellas inequívocas palabras se iniciaba para el pueblo cubano una pesadilla que, casi dos siglos después, todavía perdura.

El DVD que hoy comento, Antes del 59, trata de esa pesadilla, sin la cual resulta imposible entender los pormenores del nacimiento de Cuba como nación soberana al principio del siglo XX y de su ineludible destino revolucionario. [...] Dirigido por Rebeca Chávez, se inicia con imágenes de finales de 1958, cuando ya está a punto de terminar la guerra de guerrillas, y tras una emocionada lectura en la que la voz de Fidel Castro desgrana las palabras martianas puestas en exergo al principio de esta reseña, salta en un flashback hasta el conocidísimo episodio del Maine, que cambió el signo de la guerra de independencia y sumió a la isla en cincuenta y siete años de neoesclavitud, tras lo cual la narración avanza en sentido cronológico. [...] Sin duda alguna, tras el visionado de este DVD, el espectador –cubano o no cubano– terminará con una idea muy certera y cabal de por qué, cómo y cuándo sucedieron los hechos que desembocaron en el triunfo de la Revolución. Las líneas que siguen sólo pretenden ser un comentario de las imágenes, que hablan por sí mismas, al filo de la historia.

En el ocaso del siglo XIX el Estado español era ya un cadáver ambulante y su poderío colonial estaba a punto de sucumbir en América a manos del ejército mambí. Todo habría podido desarrollarse de acuerdo con el guión de no haber sido por el prematuro fallecimiento en 1895 de José Martí –el ideólogo, el delegado, el maestro, el presidente, lo llamaban– y por la ambición neocolonialista del coloso del norte, que no había olvidado las palabras de Adams 75 años atrás. En efecto, los Estados Unidos, tras haberse apoderado a lo largo del siglo XIX de todo el territorio continental que ahora ocupa, necesitaban nuevas fuentes de materias primas, mano de obra barata y áreas de inversión para sus capitales sobrantes. Como por casualidad, Cuba cumplía con las premisas económicas de tales ambiciones y, además, estaba situada en el camino hacia un canal, el de Panamá, cuyo objetivo primordial iba a consistir en facilitar el paso de los barcos del incipiente imperio desde el Atlántico al Pacífico. Para el espectador occidental, acostumbrado a que en el cine hegemónico le cuenten fábulas inverosímiles de héroes yanquis que ayudan a sus semejantes por el mero gusto de hacer el bien, el impecable análisis materialista que aquí se hace de aquellos hechos puramente monetarios de la historia resulta sencillamente irresistible, y ello incluso si el soporte fílmico ahora digitalizado es de baja calidad, en blanco y negro y carece de la maravillosa realidad virtual de las modernas imágenes sintetizadas al ordenador. A lo largo de estos cuatro documentales, los unos mejores que los otros, la historia prerrevolucionaria del pueblo cubano fluye con esa sensación reivindicativa de las verdades que se escupen con insolencia y que, por una vez –bendita vez–, no surgen desde las cámaras desinformadoras del monstruo Goliat, sino desde un país que cuenta sin miedo «su» versión y contrarresta con argumentos irrebatibles las mentiras del imperialismo. Sí, la honda de Cuba es la de David.

Y así, una vez establecido el porqué los Estados Unidos ambicionaban Cuba, asistimos con pelos y señales al crimen de guerra que los Estados Unidos se infligieron a sí mismos –los documentos al apoyo de dicha afirmación fueron desclasificados no hace mucho por el Pentágono– al dinamitar uno de sus barcos en la bahía de La Habana (el Maine, donde murieron 266 tripulantes, carne de cañón de su propio gobierno) con la única finalidad de acusar a la agónica España del atentado, declararle la guerra, ganársela y quedarse con la isla. El botín que obtuvieron no era, desde luego, el paraíso terrenal para los cubanos, pues tras cuatro siglos de asentamiento en la perla de las Antillas, y para vergüenza de quienes todavía estudian con ojos benevolentes el antiguo estado colonial español, el espectador aprende aquí unas cifras estadísticas que hielan la sangre: de los 1.572.797 habitantes censados que Cuba tenía en 1898, 950.000 estaban desocupados, 890.000 eran analfabetos, había dos veces más policías que maestros y tres veces más policías que médicos.

Una vez ganada fácilmente aquella guerra, a la que a última hora los Estados Unidos le cambiaron el nombre con su habitual desfachatez, pues de ser una dignísima guerra de independencia pasó a ser conocida como hispano-norteamericana, todo les resultó fácil. Tras cuatro años de ocupación militar y una vez disuelto el ejército de los mambises –los auténticos héroes del conflicto–, el imperio instaló una República con leyes hechas a su medida que le permitían intervenir militarmente a su guisa, amén de asegurarse el control del tabaco, el azúcar, la minería, el ferrocarril, tierras en propiedad –la base de Guantánamo–, la banca… es decir, todo el aparato económico. Para mayor escarnio, lo hicieron reservándose el papel de salvadores y amigos entrañables del pueblo cubano.

El primer cuarto del siglo XX transcurrió con presidentes fantoches que le hacían el caldo gordo al imperio mientras la miseria seguía en aumento y fomentaba la insurrección. En 1925, al calor de la reciente revolución rusa, Julio Mella creó la Federación Estudiantil Universitaria (la FEU, donde años más tarde iniciaría su labor activista un jovencísimo Fidel Castro) y el Partido Comunista de Cuba, pero no tardó en ser asesinado en México por orden del entonces presidente cubano Gerardo Machado. Sin embargo, el mero hecho de la existencia de Mella en aquella sociedad rígidamente dividida en ricos y pobres daba a entender que la semilla libertaria de José Martí seguía vigente. En 1933, tras grandes desórdenes callejeros y huelgas revolucionarias, cayó el presidente Machado –otro payaso más de una larga lista– y triunfó el golpe de estado de los sargentos, que desde luego no arregló la situación, pues entre ellos se encontraba una figura clave de la Cuba poscolonial, Fulgencio Batista, quien desde entonces, ¡durante veinticinco años!, pasó a controlar el país hasta el triunfo de la Revolución, bien como jefe del ejército o como presidente en su última etapa. Bajo su mandato se acrecentó la dependencia cubana con respecto a los Estados Unidos, se institucionalizó el gangsterismo (una de las escenas documentales, tomada en directo, es digna de El Padrino), la corrupción se volvió galopante y la caza de brujas del maccarthysmo se reflejó en la isla con múltiples asesinatos de izquierdistas (Antonio Guiteras y Jesús Menéndez fueron los más destacados de una larga lista). Pero aquella situación insufrible dio lugar, en contrapartida, al nacimiento de una generación de jóvenes revolucionarios, varios de ellos conscientemente marxistas, capitaneados por Fidel Castro y su hermano Raúl, que tomaron en sus manos la vieja antorcha de Martí en el año de su Centenario. El resto es de sobra conocido: el fracasado asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, que se saldó con una represión brutal; el encarcelamiento de sus dirigentes y su posterior amnistía; México, el Che, el desembarco del Granma, la Sierra Maestra, Camilo Cienfuegos, la lucha clandestina en las ciudades, Frank País, Celia Sánchez, los bombardeos indiscriminados de civiles por parte del ejército batistiano con material bélico procedente de la base de Guantánamo y, por último, con la ayuda impagable de la población, la victoria definitiva del ejército rebelde pese a su inferioridad numérica y armamentista.

De entre las muchas imágenes impresionantes que aquí se ven, me gustaría destacar dos secuencias. [...] Ambas están relacionadas con un episodio acaecido en 1949: durante una de las visitas «amistosas» de los barcos de guerra estadounidenses a La Habana, las tripulaciones aprovecharon para hacer uso del gran centro de diversión que era entonces la capital y un grupo de marines armó una gresca nocturna ante el monumento a José Martí que hay erigido en el Parque Central. Todo empezó cuando uno de ellos, completamente borracho, se encaramó hasta lo alto y se sentó sobre la cabeza del prócer. La juventud cubana que andaba por allí, ofendida, se les enfrentó y, como era de esperar, los causantes del alboroto terminaron detenidos por la policía. Pero a la mañana siguiente –en gesto de buena voluntad, según se dijo– los presuntos culpables fueron entregados a las autoridades militares estadounidenses y la afrenta quedó impune. La indignación que se suscitó en Cuba ante una actitud tan servil por parte de un gobierno supuestamente soberano al que le acaban de ultrajar el símbolo de su independencia fue mayúscula y los radicalizados estudiantes habaneros se echaron a la calle. Pronto hubo disturbios en la Universidad e intervención represora de las fuerzas de seguridad. Pues bien, la primera de las dos secuencias a que me refería más arriba procede de dichos disturbios: se trata de una toma en directo, con cámara al hombro en el fuego de la acción, y en ella, con el plácido y majestuoso contrapunto del Adagio de Albinoni como único fondo sonoro, se ve la enmudecida algarabía de los estudiantes que bajan corriendo por las escalinatas frontales del Alma Mater en lo que constituye una cita inesperada y sin duda casual de la célebre escena de las escalinatas de Odessa en El acorazado Potemkin, de S. M. Eisenstein. Los reporteros anónimos que tomaron tales imágenes no pudieron ensayar con actores ni tuvieron tiempo alguno para pensar los planos como el maestro de Riga y esta filmación de la barahúnda estudiantil que baja como un río desbocado carece de la grandeza épica inherente a la película soviética, pero deja en la retina una sensación de déjà vu que constituye en sí misma un maravilloso homenaje estético al arte del cine. En la otra secuencia, ésta de carácter ético y ante la cual el espectador no sabe si reír o llorar, aparece el «honorable» embajador de los Estados Unidos en Cuba –un tal Robert Butler–, quien sin duda ante el cariz que habían tomado las protestas populares se presentó ante los medios y, evidentemente en inglés (faltaría más), empezó a pedir disculpas al pueblo cubano por la profanación de la estatua de… ¿de quién? ¡El infeliz no lo sabía! Por fortuna, su aturdido desconcierto –se lo ve retirarse fuera de campo con el rabo entre las piernas tras no haber podido pronunciar el nombre de José Martí– quedó filmado por el implacable ojo de la cámara fija y pasará a la posteridad como uno de esos momentos cinematográficos imprescindibles del género documental. La prepotencia de los auténticos amos de aquella Cuba quedó así al descubierto: la isla era para ellos un inmenso negocio, no la tierra de un pueblo soberano con una cultura, una lengua, unos sentimientos propios y unos héroes venerados que como mínimo merecían el respeto de conocer su existencia. ¿Habría entendido acaso aquel diplomático de pacotilla si el embajador cubano en Washington, ante un caso similar, hubiese ignorado no ya la existencia, sino el mismísimo nombre de Thomas Jefferson? Es curioso que hoy en día, más de cincuenta años después, las cosas no hayan cambiado mucho en la cúpula del imperio, que con ensoberbecida incultura sigue sin tomarse la molestia de estudiar los símbolos de sus súbditos o de aprender el apellido de los dignatarios que les sirven de coro, como demostró el presidente George W. Bush al referirse a José María Aznar –un fiel palafrenero de Washington en la guerra sucia de Irak– como Ánsar, apelación que en España se le ha quedado pegada a la piel y que circula en centenares de chistes por el ciberespacio.

Pero toda esclavitud nunca aceptada tiene su día de libertad y, tras el triunfo de la Revolución, en un acto multitudinario ante las masas, un festivo Fidel Castro en plena forma oratoria proclamó: «Esta vez, por fortuna para Cuba, la Revolución llegará de verdad al poder. No será como en el 95, que vinieron los americanos y se hicieron dueños de esto, que intervinieron a última hora y después ni siquiera dejaron entrar a Calixto García, que había peleado durante treinta años, no lo dejaron entrar en Santiago de Cuba. No será como en el 33, que cuando el pueblo empezó a creer que una Revolución se estaba haciendo, vino el señor Batista, traicionó la Revolución, se apoderó del poder e instauró una dictadura por once años. No será como en el 44, año en el que las multitudes se enardecieron creyendo que al fin el pueblo había llegado al poder y los que llegaron al poder fueron los ladrones. Ni ladrones, ni traidores ni intervencionistas, esta vez sí que es la Revolución…».

Sí, fue la Revolución, el sueño de José Martí convertido en realidad, pero al igual que en el tango de Gardel, mientras el músculo cubano se disponía por fin a dormir tranquilo en el silencio de la noche después de tanto sufrimiento, la ambición del gigante norteño siguió trabajando para poner en peligro aquella patria al grito de guerra. La pesadilla no había terminado.







► Fuente:

• [ Rebelion.org ]